Frankfurt
Aeropuertos, vino y alemán post-parto
El fin de semana pasado estuve por primera vez en Alemania. G. llevaba tres días cerca de Frankfurt por trabajo y yo me añadí a él el viernes por la noche para pasar un fin de semana sin niños patrocinado por la entrega y la paciencia infinita de los abuelos.
La idea de viajar sola en avión a otro país me pareció orgásmica desde el minuto uno. Una hora y media de espera en el aeropuerto, dos horas de vuelo sentada sola en silencio. Que Frankfurt es muy feo, me decía la gente. ¿Y a mí qué? Si podría coger el avión, aterrizar y volver y ya me habría parecido un spa de cinco estrellas.
La epidemia de gripe los días previos hizo que por momentos viera desaparecer mi experiencia spa, pero contra todo pronóstico, puedo decir alto y claro que en mi casa nos hemos librado. De momento. El karma aún puede atacarme por bocazas.
Mi spa paradisíaco empezó en el aeropuerto de Barcelona donde me timaron 4,5€ por un café la mitad del cual me tiré encima y perdí mi leave-in favorito para los rizos en el control de seguridad. Que no es que sea yo una loca de los productos cosméticos, más bien lo contrario, pero justo he encontrado algo que me da un resultado medio digno sin mucho esfuerzo ni dinero. Así que lo metí en mi bolsita transparente sin reparar en que la botellita llevaba 200ml (hace mucho que no viajo), y así se lo dije a la chica del control mientras se acercaba la bolsa a la nariz para ver con claridad la cantidad.
-Es que me da la sensación de que por lo menos lleva 150ml.
-Ah sí, lleva 200 -respondí resignada.
-Pues no lo puedes pasar.
-Pues que te den por culo Pues te lo regalo. Va muy bien.
Y sin mirarme siquiera cogió la botellita y con un movimiento firme del brazo que no alteró la postura del resto de su cuerpo, la lanzó a la papelera gigante que tenía detrás, en un lenguaje corporal que claramente me estaba diciendo “otra garrula más”.
Al llegar a la habitación del hotel de Frankfurt y deshacer la mochila, me di cuenta de que me había llevado el estuche del trabajo con la grapadora y todas las grapas de recambio dentro, que no debe ser ni de lejos tan peligrosa como mi producto para el pelo, claro.
G. me mandaba whatsapps: “no te relajes, ve a la puerta de embarque y quédate por allí, que tú eres capaz de despistarte”. Qui ti iris cipiz di dispistirti. Qué poca fe. Con lo que yo he sido.
En la puerta de embarque me aposento apestando al café que me he tirado encima y saco el libro sobre comunicación que me acabo de comprar, en el que corroboro por si cabía alguna duda que los trabajadores del control de seguridad necesitan una masterclass.
Soy el grupo de embarque número 5, lo que significa que hay cuatro grupos de personas que van a embarcar antes que yo, o lo que es lo mismo, que mi grupo será el último. Pero por alguna extraña razón que aún no entiendo, todos se ponen a hacer cola a la vez. Yo estoy sentada tan feliz leyendo y escuchando a mi sentido común decirme que no hace falta que me levante hasta que anuncien mi grupo pero no puedo evitar preguntarme por qué todos los del grupo 5 se han levantado ya. Dice mi libro de comunicación que estamos programados para formar parte del rebaño y que lo difícil es dejar de intentar encajar todo el tiempo. Qué gran verdad. Subrayo la frase y me levanto rápido para ponerme en la cola.
Dice mi amiga M. que una vez tuvo un buen nivel de inglés pero que cuando nació su hija, parió a la niña y con ella parió también su inglés y así salió de su cuerpo para siempre. Pues bien, yo hace 15 años y 3 hijos tuve un B2 de alemán. Ahora estoy en un punto en el que puedo hacer una frase en segundo condicional y explicarte la declinación del adjetivo pero no soy capaz de pedir la cuenta en un restaurante. Lo intentamos, de verdad. Motivación no nos falta. G. con su A2 y yo con mi B2 post-triple parto colocamos todas las palabras juntas en una frase para pedir cosas y aplaudimos mentalmente eufóricos cuando vemos que el mensaje llega, hasta que el camarero/dependiente nos pregunta algo que se sale del guión y cortocircuitamos, nos rendimos y nos pasamos al inglés. Nos sonríen, asienten. Otros garrulen más.
Frankfurt no me pareció tan feo. Tampoco lo vi mucho porque estuvo tapado por niebla espesa y húmeda los dos días que lo visitamos (maravilloso para los rizos, cabrona señora del aeropuerto). Lo de los Weihnachtsmarkt es una locura. Qué ambientazo navideño. Cuánta comida y cuánto Glühwein. Claro que es o beber vino caliente en la calle o suicidarse, con ese tiempo todos los días. Como no me gusta el vino, fui a un puesto y pedí que me vendiran solamente la taza. Mientras le daba la vuelta para ver si podría meterla al lavavajillas, me asaltó una duda que aún hoy me quita el sueño. ¿Cómo lavan las tazas que la gente devuelve después de tomarse el vino? ¿Tienen mini lavavajillas en cada parada? ¿Las lavan a mano en una fregadera debajo del mostrador cual bar de pueblo? Pregunté a mis compañeros de trabajo del departamento de alemán. “Pues no lo sé, pero el alcohol caliente lo mata todo”.
Les da igual, claro. Si es que es eso o suicidarse.
Fuimos a visitar la casa de Goethe. Que es su casa y no es su casa, porque como casi todo en Frankfurt, fue reconstruida tras la guerra. No he leído a Goethe en mi vida ni creo que lo haga nunca, pero aprendí cosas interesantes, me gustó la visita y, entre todas las fotos que hice, mi favorita es una del retrato de su madre, que casi lo pierde en el parto por la inexperiencia de la comadrona que lo atendió.
Paseamos por el río, comimos Schnitzel y Kuchen, leímos, charlamos, reímos, caminamos y cogimos taxis que nos llevaron a 160 por una autopista llena de niebla. Se hacía de noche pronto, si es que en algún momento se había hecho de día.
Wenn wir zusammen sind, ist alles andere pupsegal.
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